Slow dancing in a burning room

Los primeros acordes de esta canción se me clavan en el pecho, me lo encojen, me cortan la respiración, y dan paso a la nostalgia. Y me llevan a ese baile en la cocina, en el cual ya parecíamos presagiar nuestro destino. Podría pensar que después de un año, esto no debería ocurrir. Pero así son las historias intensas. Tan hermosas como dolorosas. Y así fue. No fue mi primer amor, ni mi ‘one and only’. Más bien lo definiría como ese imposible que quisiste creer hasta el final. Y hasta el final implica romperse por completo. Porque fue lo que sucedió, me rompí hasta límites insospechados de mi ser. Cuando abandoné esta historia, creí que estaba rota por dentro. Pero realmente no me di cuenta hasta meses después, cuando fui consciente de todo lo que me quedaba por reconstruir. Y es que hay personas, que aunque te quieran hasta el último poro de su piel, que aunque anhelen cada día tu presencia, que aunque te vean como esa única persona que puede hacerlas feliz, no saben quererte. No pueden. No explicaré motivos. Hay demasiados y ninguno en concreto. Cuando me dejó sola en aquel banco del parque, a altas horas de la noche, sabía que no volvería a verlo. Pero eso no fue lo que más me atormentaba. Yo sabía que se iba con la idea de que jamás lo quise. ¿Cómo puede abandonarte alguien que te quiere con locura? Todo había sido una mentira. Y esa mirada fue, en realidad, lo que más me dolió aquel día. Ni decir adiós, ni repetir mil veces que no me dejaba ni una sola puerta abierta, ni explicar todos los motivos de mi retirada en esa última batalla de aquella guerra ya iniciada desde hacía años.  Lo asumí. No podíamos estar juntos. No había culpables. No sabíamos querernos como es debido. Éramos como cuchillos clavándonos el uno al otro, desgarrándonos constantemente. Esforzándonos por sacar el barco a flote. El problema es que sólo veíamos la punta del iceberg. Gritos, faltas de respeto, rencor. Luego le seguían la añoranza y el perdón con sexo desenfrenado. Puta droga. Éramos adictos a ese caos. Y alguien debía dar el paso y saltar. Nos merecíamos ser felices. No fue fácil decir adiós, y menos un adiós en el que se escondía un ‘hasta nunca’. Pero espero que sirviera para que a día de hoy seas más feliz de lo que fuiste en aquel entonces. No guardo rencor, ni tampoco me culpo. Creo que lo hice lo mejor que pude, aunque imagino que no estarás de acuerdo. En cualquier caso, no creo que leas este texto, pero por si por casualidades de la vida, en las que tú casualmente no crees, algún día acabas aquí, quiero que sepas que espero que allá donde estés, hayas conseguido hacer tus metas realidad, espero que hayas avanzado, igual que he hecho yo. No malinterpretes este texto, ni las palabras de a continuación: estoy mejor sin ti, igual que seguro tú lo estás sin mí. He seguido con mi vida, he crecido como persona, he finalizado (o casi) mis estudios, he cambiado. Me he vuelto a enamorar a primera vista, igual que lo hice de ti aquel día en aquella cancha de baloncesto, y me han vuelto a herir. La vida sigue su curso. Es sólo una cicatriz de muchas, una un poco más grande. Pero cicatriz al fin y al cabo. Pero creo que un año es tiempo suficiente para esperar a confesar la realidad: yo te quise más de lo que tú nunca fuiste consciente, más de lo que te pude expresar aquella noche de verano por miedo a seguir torturándonos. Esa es la verdad. Ya no hay orgullo ni rencor, pues la herida está cerrada. Nuestro capítulo, por suerte, también. No sería un buen libro sin él, aunque admito que he tenido que hacer esfuerzos sobrehumanos para recuperarme de todo lo que conllevó lo nuestro, y no hablo del amor perdido precisamente. Recoger todos los pedazos que quedaban de mi en el suelo e ir pegándolos poco a poco no ha sido fácil. Pero lo logré y ahora no puedo estar más orgullosa de mi misma. Al final, resulta que me has hecho más fuerte. Es hasta irónico intentar sacar algo bueno de lo nuestro. Pero ahí está. Lo noto cada día que me levanto. En cada espejo en el que me miro, en lo bien que me siento, en lo rápido que rechazo lo que no merezco. Caí hasta lo más hondo, para saber dónde estaba mi límite, y saber que jamás, nunca jamás, volvería allí. Así que, lo último que me queda es agradecerte el haberme hecho crecer un poco más como persona. A pesar de todo el dolor, de todo lo que te he odiado, de todo el daño que nos hicimos. Hoy, por fin, puedo decirte: gracias.

‘How dare you say it’s nothing to me, baby you’re the only light I ever saw’.

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